Puede que nadie te esté pidiendo una prueba y, aun así, vivas intentando pasarla. Trabajas para que vean que puedes. Ayudas para que sepan que eres bueno. Cuidas tu apariencia para que nadie sospeche tus dudas. Incluso cuando descansas, una parte de ti busca cómo explicar que lo mereces. Hay un público presente en tus decisiones, aunque estés solo.
A veces ese público tiene un rostro: tu padre, una expareja, alguien que te menospreció. Otras veces es una mirada imaginada, una voz que pregunta qué has conseguido y por qué todavía no eres suficiente. Puedes haber avanzado mucho y seguir esperando que alguien pronuncie la frase que por fin te permita sentir que llegaste.
¿Cuánto de tu vida estás construyendo porque te importa y cuánto estás usando como prueba de que mereces ser visto? La pregunta puede incomodar porque una misma decisión suele contener ambas cosas. Puedes amar tu trabajo y desear reconocimiento. El asunto es observar qué sucede cuando ese reconocimiento no llega.