¿Quién eres cuando nadie te está mirando?
Hay preguntas que no buscan una respuesta rápida. Buscan despertar una parte de ti que lleva demasiado tiempo dormida.
Son las dos de la mañana. La casa está completamente en silencio. El televisor ya se apagó, el celular dejó de sonar hace varios minutos y, por un instante, el mundo parece haberse detenido. No hay conversaciones pendientes, no hay reuniones, no hay notificaciones reclamando tu atención. Solo estás tú.
Permaneces sentado mirando un punto fijo. Intentas relajarte, pero algo comienza a incomodarte. No sabes exactamente qué es. No se parece a la tristeza ni al miedo. Es una sensación difícil de describir, como si existiera un vacío silencioso que hubiera permanecido oculto durante mucho tiempo y que ahora, aprovechando la ausencia de ruido, intentara hacerse presente.
Instintivamente vuelves a tomar el teléfono. Abres una red social, ves algunos videos, respondes mensajes o simplemente buscas cualquier cosa que vuelva a llenar ese silencio. Sin darte cuenta, acabas de hacer lo mismo que millones de personas hacen todos los días: escapar.
No siempre escapamos de los problemas. Muchas veces escapamos de nosotros mismos. Del momento en que ya no hay distracciones y solo queda la posibilidad de encontrarnos con quienes realmente somos.
Existe una enorme diferencia entre estar solo y encontrarte contigo. Muchas personas soportan perfectamente la soledad, pero muy pocas soportan permanecer unos minutos en silencio frente a su propia conciencia. Porque cuando el ruido desaparece comienzan a surgir preguntas que llevan años esperando una respuesta.
¿Quién soy realmente?
No quién creen los demás que soy.
No quién intento demostrar que soy.
No quién aparece sonriendo en las fotografías.
Sino la persona que existe cuando nadie observa, cuando nadie espera nada y cuando ya no hace falta interpretar ningún papel.
Puede parecer una pregunta sencilla, pero quizá sea una de las más difíciles de responder. Nos hemos acostumbrado tanto a vivir pendientes de lo que ocurre afuera que casi nunca dirigimos la mirada hacia nuestro interior. Aprendimos a construir una vida, pero muy pocas veces aprendimos a construir una relación con nosotros mismos.
Tal vez por eso tantas personas experimentan un vacío que no logran explicar. Tienen una familia, un trabajo, amistades, responsabilidades e incluso éxito. Sin embargo, cuando todo queda en silencio sienten que algo falta. Lo curioso es que ese vacío no siempre aparece por lo que no tienen, sino por todo aquello que dejaron de ser mientras intentaban convertirse en la persona que el mundo esperaba.