¿Quién eres cuando nadie te está mirando?
Nadie nace escondiéndose
Cuando observas a un niño pequeño descubres algo que con los años solemos olvidar. Un niño no piensa en la imagen que proyecta. Si algo le causa alegría, ríe con toda naturalidad. Si siente miedo, busca protección. Si está triste, llora. Si algo despierta su curiosidad, pregunta sin sentir vergüenza. No analiza si será juzgado ni calcula si sus emociones serán bien recibidas. Simplemente expresa lo que vive.
Con el paso del tiempo esa espontaneidad comienza a cambiar. Aparecen frases que casi todos hemos escuchado alguna vez: «No llores», «Compórtate», «No hagas berrinche», «Los hombres no lloran», «Las niñas no se comportan así», «¿Qué va a pensar la gente?». Muchas de esas palabras nacen del amor y del deseo de educar. Padres, maestros y familiares suelen pronunciarlas creyendo que preparan a los niños para convivir mejor con el mundo.
Sin embargo, más allá de las palabras, el niño aprende un mensaje mucho más profundo. Descubre que algunas partes de él reciben sonrisas, aprobación y cariño, mientras que otras generan incomodidad, correcciones o rechazo. Poco a poco comprende que expresar ciertas emociones puede poner en riesgo la aceptación que tanto necesita.
Entonces comienza un proceso casi imperceptible. Aprende a esconder aquello que cree que no será bien recibido. Guarda el miedo. Disimula el enojo. Oculta la tristeza. Calla sus inseguridades. No porque esas emociones sean malas, sino porque llega a la conclusión de que mostrar determinadas partes de sí mismo puede alejarlo del afecto de las personas importantes en su vida.
Para un niño sentirse aceptado no es un lujo; es una necesidad profunda. Por eso, cuando siente que debe elegir entre ser completamente auténtico o pertenecer al grupo que ama, casi siempre elige pertenecer. Sin darse cuenta empieza a sacrificar pequeñas partes de sí mismo. Al principio parece algo insignificante, pero esas pequeñas renuncias, repetidas durante años, terminan convirtiéndose en una manera de vivir.