¿Qué habría pasado si durante tu infancia nunca hubieras sentido que necesitabas convertirte en esa persona para sentirte aceptado?
Es una pregunta incómoda porque nos obliga a mirar un lugar al que casi nunca dirigimos la atención. Nos gusta pensar que elegimos libremente la forma en que somos, cuando en realidad muchas de nuestras maneras de actuar fueron respuestas inteligentes a experiencias que ocurrieron hace mucho tiempo.
No elegiste sentir vergüenza de llorar. Alguien te enseñó, directa o indirectamente, que mostrar tristeza podía hacerte ver débil.
No elegiste pedir perdón por todo. Tal vez aprendiste que mantener la paz era más seguro que expresar tu inconformidad.
No elegiste sentir culpa cuando piensas primero en ti. Quizá creciste creyendo que el amor consistía en sacrificarse constantemente por los demás.
Ninguna de esas conductas apareció por casualidad.