Cada una tiene una historia.
Y detrás de cada historia suele haber un niño que solo estaba intentando conservar algo que consideraba indispensable: el amor de las personas importantes en su vida.
Aquí aparece una de las paradojas más profundas del ser humano.
Las máscaras no nacen porque seamos falsos.
Nacen porque necesitamos pertenecer.
Cuando somos niños, pertenecer significa sobrevivir. Dependemos emocionalmente de quienes nos cuidan y nuestro cerebro hace todo lo posible por conservar ese vínculo. Si percibe que ciertas conductas generan aceptación, las repetirá. Si interpreta que otras provocan rechazo, intentará evitarlas. No se trata de manipulación. Se trata de adaptación.
El problema comienza muchos años después, cuando seguimos viviendo como si aquel niño continuara necesitando protegerse de la misma manera.
¿Cuándo fue la última vez que actuaste para proteger una imagen?
Piensa en la última ocasión en la que dijiste que todo estaba bien cuando en realidad no lo estaba.
Recuerda la última vez que aceptaste una invitación únicamente para no quedar mal.
Piensa en esa conversación donde sonreíste aunque algo dentro de ti quería expresar otra cosa.
Pasa a la siguiente página para las indicaciones.